Mi compadre Juan es sumamente ingenioso y precavido; aprendo mucho de él.
Desde hace varios años nos juntamos los viernes para ponernos al día, cenar y reírnos un rato. “Viernes de consultoría gratis” le llamamos.
A como va pasando la cena, empiezan a salir ideas que vamos anotando. Al día siguiente, en la mañana, las lees y, generalmente, no tienen sentido.
Hubo una racha en que mi comadre le llamaba al inicio de cada cena para que le resolviera algo: no había agua y no podía poner el garrafón; se acabó la leche del niño; dejó las llaves adentro de la casa —esta última es la que más se repetía—, entre otras.
Y mi compadre Juan se iba a resolver, frustrado, y ya no regresaba. Entonces, para prevenir que lo interrumpieran durante su cena, decidió sacar un duplicado de la llave y ponerla escondida en una ventana.
Mi comadre lo regañó porque era fácil de descubrir y no estaba de acuerdo con esa idea.
El caso es que llega de nuevo otro viernes y, junto con él, la llamada de mi comadre a media cena porque las llaves se quedaron adentro.
— Está el duplicado en la ventana — le dijo mi compadre.
A lo que mi comadre respondió:
—Te dije que no me gustaba esa idea y la quité de allí. Ven, por favor, a abrirme.
Mi compadre, brillante y con una sonrisa, le responde:
—Sabía que ibas a hacer eso y te dejé otro duplicado en la maceta—. Le colgaron la llamada a mi compadre.
Aplausos de pie.
¡Diviértete!

