En muchas ocasiones relacionamos el valor de un objeto a su contenido, su composición singular o escasa. Pero en ocasiones el verdadero valor viene de la condición en que se generó, de su proceso de creación y cómo logró este proceso elevar el valor del producto.
Por ejemplo, cuando piensas en una planta, posiblemente no se nos viene a la mente un producto de alta gama, pero ¿qué tal un Bon-Sai? Existen en México hoy obras de arte viva que superan el medio millón de pesos, por ejemplo, y ni hablar del más valioso del mundo, que se colocó en 2 mdd en 1980. Y es que estas obras majestuosas requieren un proceso lleno de adversidades, dedicación, disciplina, que representen más allá de solo lo visible “como un pequeño cuento”, van contando una historia de su creación donde detrás existen a veces generaciones de cuidado.
Elevar el valor del producto no siempre radica entonces en la forma en que está compuesto, sino en lo mágico de su proceso. De ahí la importancia de apreciar también la forma en que creamos y las experiencias e historias que acompañan cualquier producto y servicio.
¿Qué de tu proceso nutre el valor de tu oferta? Podría ser que no lo estés contando.
¿Cómo se cuenta esta historia? Existen muchas formas de contarla, hay que imaginar y explorar.
¿Qué está de más? Porque también hay partes del proceso que desgastan el valor.
Por último, es importante destacar que el valor lo pone el mercado. Ese mercado que estás convenido con un propósito auténtico de conectar.
Mi propósito es despertar ideas…
– Eva Saiz.
