“Yo tengo que hacer todo el trabajo”, “no se puede cambiar ese proceso”. He escuchado esas frases al menos 192 veces. El ego hace pensar que uno es el más inteligente en su negocio.
Peter Lely, artista alemán del siglo XVII, se fue a vivir a Londres y rápidamente se convirtió en el retratista más buscado y luego en el pintor principal de la familia real. Era reconocido por una serie de retratos: “Las bellezas de Windsor”, colgados en el castillo de Windsor.
Como tenía mucho trabajo y cada vez le llegaba más, entrenó a otros pintores para ayudarle a terminar sus obras. Tenía un equipo que le permitía hacer aquello por lo que era conocido: pintar rostros. El resto lo tomaban los demás pintores. Diseñó plantillas de escenarios y poses para facilitarles más el trabajo. El negocio creció porque daba a los clientes lo que más deseaban: la interpretación que Lely podía hacer de sus rostros.
La pregunta no es cómo. La pregunta es quién.
¡Diviértete!
