Me platicó mi abuelo, Macario Armenta, que en los 60’s, en el mercado Garmendia, había dos puestos que vendían jugo y esquimos (2 frutas, avena, salvado y huevo), uno enfrente del otro. Por cierto, años después nos tocó atender a la tercera generación de ese negocio.
Don Juan, el dueño de uno de los puestos, se dio cuenta de que Don Nacho, su competencia de enfrente, a media mañana tenía que ir a comprar otra cartera de huevos porque se le acababan.
Un día, mientras Don Juan abría el local muy temprano, se le acerca a Don Nacho y le pregunta:
—Nacho, ¿cómo le haces para convencer al cliente de que le eche huevo a su licuado?
A lo que Don Nacho le contesta con otra pregunta:
—Juan, ¿cómo le ofreces tú el huevo al cliente?
—Pues le pregunto si gusta que le agregue huevo a su licuado, y casi siempre me dice que no.
—¡Ahí está la cosa! —le dice Don Nacho—. Cuando le estoy preparando el licuado al cliente le pregunto: ¿su licuado lo quiere con uno o dos huevos? Y el cliente casi siempre me pide que solo le agregue uno.
Hazlo simple, sé claro, útil y fácil de aplicar. Haz que la solución parezca obvia; si tienes que explicarlo dos veces, seguramente no está simple. No necesito decir más.
Diviértete.

