Cuando estaba en la universidad tuve la oportunidad (gracias a mi mamá) de viajar a Italia. Pasé casi dos meses trabajando en una organización sin fines de lucro en donde enseñábamos italiano a inmigrantes de Nigeria, una muy grata experiencia. Al terminar mi estancia salí a recorrer a mochilazo, de lo más arriesgado que he hecho en mi vida (tenía 18 años y me fui solita).
Jamás olvidaré una ocasión: quería ir a Pisa en tren, pero hubo un atentado en las vías y estaba cerrado; me quedé varada. Tenía que tomar una decisión: regresar o continuar avanzando. Entonces decidí tomar un bus y me aventuré. Aunque dominaba el idioma y aun con toda esa seguridad encima, me perdí. Avanzaba el autobús y no veía mi destino; me acerqué con el chofer y me percaté de que había tomado una ruta alterna que no me dejaría exactamente en Pisa.
Casi a punto de decepcionarme y entrar en pánico por dirigirme en un bus con pocas personas hacia un pueblo desconocido, volteé a la ventana y pude presenciar lo que hoy recuerdo como uno de los paisajes más bellos que he visto, incluso más bello que la torre de Pisa. Eran campos de tulipanes, flores de colores que parecían no terminar nunca y se mezclaban con el cielo de una forma casi celestial.
Disfruté del viaje, me perdí en el camino y encontré flores.
Este año me recordó mucho a ese momento. Hubo decisiones que no nos llevaron exactamente a donde pensábamos, caminos que se ajustaron sobre la marcha y momentos de duda. Y aun así, si miramos con atención, también hubo aprendizajes, vínculos, logros y descubrimientos que quizá no habríamos encontrado de otra forma.
Ahí confirmé algo que hoy sigue acompañándome: una de mis virtudes es la curiosidad. Reflexioné sobre la forma en la que actúo y empujo las decisiones del día a día. Muchas veces avanzamos no por terquedad ni por adrenalina, sino por curiosidad. A veces perderte significa encontrarte.
¿Te conoces?, ¿conoces a tu equipo? Conocernos implica ser conscientes de lo que empuja nuestras conductas, nuestras decisiones y también la falta de ellas. Conocernos nos ayuda a hacer las paces con nosotros y con otros, y a encontrar formas más sanas y conscientes de impulsarnos.
Al cerrar este año, vale la pena detenernos a reconocer que no somos los mismos que al inicio. Jamás terminamos de conocernos, porque el cambio es el verdadero estado de la materia. Cada año somos un nuevo yo, y de la misma forma, las personas a nuestro alrededor también han cambiado.
Te invito a cerrar este ciclo con gratitud y a abrir el siguiente con curiosidad. A preguntarte: ¿cómo he cambiado este año?, ¿qué descubrí de mí?, ¿qué descubrí de los demás? Reconocer los cambios es el primer paso para impulsar lo que sigue.
«Mi propósito: inspirar ideas para transformar personas»
Algunas preguntas para acompañar este cierre y el inicio de lo que viene:
¿Qué sorpresas de ti mismo te dejó este año?
¿Qué retos te ayudaron a crecer más de lo que esperabas?
¿De qué formas nuevas te pusiste a prueba?
-Eva Saiz
