En días pasados, Eva, de Infocus, nos invitó a formar un club de lectura. Cada quien iba a llevar un libro forrado, sin que se pudiera ver la portada, con un mensaje escrito en el forro para darte una idea de qué trataba.
En esta primera sesión íbamos a hablar sobre la relación que tenemos con los libros. Cosa que nunca me había preguntado.
Mis papás siempre han leído. Mi papá regularmente tiene dos o tres libros en su buró que va leyendo todos los días, según las ganas que tenga de cada tema.
Mi mamá fue presidenta de un club de lectura durante casi 35 años. Yo cargaba las jabas cada mes para llevarlas a la casa de la socia a la que le tocaba. Era una chinga.
En verano hacía inventario de todos los libros. Eran cerca de 40 jabas con unos 20 libros en cada una. En un librote, o sea, como un cuaderno muy grande, anotaba las jabas; cada una tenía un número y, dentro de ellas, un rango de números que correspondía a los libros que debían estar ahí.
Me llamaban la atención las portadas, los títulos, el olor de las hojas amarillas y la textura de los diferentes papeles. Había libros muy gordos que no pesaban nada y otros que parecían de plomo. A veces leía la primera y la última hoja pensando que podía llenar la historia solo con eso y decir que había leído el libro.
Cada mes llegaba a la casa la revista Selecciones y la leía completa. Mi sección favorita era una de chistes que se llamaba “Oído al pasar”. Venían conversaciones breves que alguien escuchaba mientras estaba en la fila de un supermercado o de un banco. Como estos correos.
El primer libro que leí se llamaba La fortaleza, de F. Paul Wilson. Era de terror. No lo recomiendo.
Fui afortunado de crecer entre libros. Hoy son parte de mi vida, aunque ahora que lo escribo, siempre lo han sido.
Diviértete.
