Un julio, hace 18 años, emprendí. Empecé con una idea y terminé con muchas.
Las ideas florecen cuando las haces. Una cosa te lleva a otra. El camino va apareciendo conforme avanzas. No alcanzas a ver el final ni sabes qué hay más adelante, pero quedarme donde estoy me parece aburrido.
La incomodidad me gusta. Bueno… cuando la estoy viviendo, me quejo y hasta me quita el sueño. Pero también siento una energía rara, como un superpoder que obliga a mi creatividad a encontrar una respuesta simple para seguir avanzando.
“Primero avanzo, luego corrijo”, pienso.
No hay nada más simple que hacer algo sin pensarlo demasiado. ¿Tienes dudas de si va a funcionar? Lo vas a descubrir haciéndolo. Ningún plan de negocios ni la inteligencia artificial pueden sustituir esa parte.
Me gusta platicar con otros emprendedores. Alcanzo a sentir en sus ideas los mismos miedos e ilusiones por los que alguna vez pasé. Y, en lo personal, eso me recarga y me inspira.
El miedo es un compañero inevitable en este camino.
A veces también me pregunto si, con el tiempo, he dejado de ser emprendedor. Tal vez lo único que cambia es que cada vez estás menos dispuesto a pagar el precio de ciertos sacrificios.
Pero no. No he dejado de emprender.
Todos los días me levanto con la misma convicción que el día uno. Y creo que eso ya no es motivación. Es interés.
Interés por resolver problemas. Curiosidad por entender más. Como los científicos. No creo que pasen cuarenta años motivados; creo que pasan cuarenta años fascinados.
Me encanta mi trabajo. Hago lo que me gusta y, además, me pagan por hacerlo.
Nada de esto ha salido solo. Siempre he tenido a mi lado a mi familia, amigos, mentores, socios y colaboradores. Por eso soy un eterno agradecido.
Durante mucho tiempo pensé que era un tonto con suerte.
Pero ¿saben qué?
No creo ser tan tonto.
Más bien creo que soy curioso. Un curioso con suerte.
Porque la suerte te abre puertas, pero no las cruza por ti.
Cada día mejor.
