Una mañana de Semana Santa, hace treinta años, el Lozoya y el Cebolla estaban sentados en la banqueta de la Veracruz con permiso, un carro sin gasolina y sin dinero.
Todos sus amigos se habían ido a Altata, y entre los dos no juntaban ni cincuenta pesos.
Mientras platicaban de todo y de nada —aburridos, riéndose y lamentándose de sus vacaciones—, pasa caminando un cachorro dálmata frente a ellos.
Guardaron silencio.
—Wey, ¿qué hace un cachorro dálmata aquí en la cuadra? —pregunta el Cebolla.
—Quién sabe cómo llegó aquí —responde el Lozoya.
El perrito siguió su camino mientras los dos lo observaban.
Silencio. Miradas cómplices.
Hasta que el Lozoya dijo:
—¡Wey, hay que venderlo!
Se levantaron a perseguirlo, lo atraparon y se fueron al crucero de la Zapata y Obregón.
En los semáforos rojos, el Cebolla caminaba entre los carros levantando al cachorro para mostrarlo, a ver si alguien lo compraba.
Después de una hora sin éxito, regresaron a casa.
La hermana del Cebolla les dijo que había hablado un amigo suyo: los había visto vendiendo un dálmata… y lo quería.
Sorprendidos, fueron a su casa y lo vendieron en setecientos pesos.
Con eso llenaron el tanque, pasaron a la Ley por dos charolas y se fueron a Altata con sus amigos.
La suerte no llega, se persigue.
Diviértete.